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Ceguera a las plantas OPTIWIN

LA CEGUERA A LAS PLANTAS (Y A LAS SETAS)

La curiosa expresión “ceguera a las plantas” (plant blindness) fue acuñada en la década de los noventa por los botánicos y educadores James Wandersee y Elisabeth Schussler, tras un estudio con escolares estadounidense en el que constataron que muy pocos tenían interés científico en las plantas, especialmente los chicos. Y al parecer no se debe solo a actitudes zoocéntricas como cabría esperar, sino que la sociedad occidental en general sufre una incapacidad para percibir los rasgos biológicos de las plantas; incluso los niños tardan mucho en reconocer que las plantas son seres vivos y generalmente hasta los diez años no llegan a verlas como tales. 


En general podríamos afirmar que consideramos las plantas menos interesantes que los animales —lo que sería ampliable a las setas, dicho sea de paso— y los motivos son numerosos (tecnologización, urbanización…) aunque probablemente los principales son que no se mueven y que no están a punto de atacarnos; las plantas han sido importantes en nuestro devenir evolutivo como especie, por supuesto, pero no de forma tan urgente o inmediata como aquello que está en movimiento, a pesar de que conforman la base de la mayoría de los ecosistemas del planeta. Y es que, si pensamos en los desafíos a los que se enfrentaron nuestros ancestros desde los primeros homínidos, probablemente los principales serían detectar depredadores o posibles presas.    


Volviendo a las setas, resulta de lo más llamativo constatar cómo cualquier persona que se enfrenta por primera vez a una jornada de recolección en el campo demuestra una incapacidad casi absoluta para ver el primer ejemplar, no ya comestible sino de cualquier tipo, a pesar incluso de que ese día las haya en abundancia; necesita un proceso de “acomodación” podríamos decir en términos de óptica, porque en realidad no es un problema de capacidades: de hecho, se ha calculado que nuestros ojos generan unos 10.000.000 de bits de datos por segundo, de los que el cerebro solo procesa en ese mismo tiempo 16 bits de forma activa consciente, es decir, un 0,00016 por ciento de lo que nuestros ojos generan. 
 

Las plantas, y las setas, sencillamente reclaman menos atención a nuestro cerebro homínido y por lo tanto dejan más espacio para que se fije en otras cosas; probablemente por eso nuestra mente puede viajar libremente cuando nos quedamos absortos ante cualquier paisaje dominado por la vegetación. Y si preguntamos a cualquiera cuántas especies de plantas diferentes puede haber en una ciudad, probablemente dirá que unas pocas decenas y ni siquiera pueda ponerle nombre a un puñado de ellas, mientras que la realidad es que pueden llegar a superar las mil. 


Pero, pese a nuestra ceguera, lo cierto es que no solo las plantas están muy vivas, también se mueven a pesar de que la lentitud de sus movimientos nos impida captarlos (como el que hacen hacia el sol las plantas heliotropas como el girasol) e incluso demuestran inteligencia; basta pensar en su relación simbionte con los micelios de las setas y la información que comparten, un verdadero internet del bosque. En ese sentido es muy recomendable el libro Planta sapiens. Descubre la inteligencia de las plantas de Paco Calvo con Natalie Lawrence, del que hemos extraído algunas de estas ideas y que es un remedio fantástico y muy eficaz contra la ceguera a las plantas.